La vida de Murr

Capítulo Primero La infancia de Murr

De los padres de Murr se sabe muy poco, de todos sus abuelos y abuelas no se sabe nada de nada. Uno de sus antepasados, la verdad sea dicha, era noble. Eran los propios actos de Murr, de los que hablaremos más adelante, a revelarlo.

La mamá de Murr se llamaba Murica, su papá se llamaba Murillo. Murillo vivía en un vertedero. Murizza, en cambio, vivía en su casa con sus hijos. Murica era negra, mientras que Murillo era atigrado. De los hijos que tuvieron solo Murr nació blanco, los demás eran negros o atigrados. Murr era precioso y, además, era un gato muy bien educado. Había nacido bien educado, no lo había educado nadie.

Encontró una dueña fija cuando acababa de cumplir quince días. A esa edad aún no sabía beber la leche lamiéndola del plato.

Su infancia fue maravillosa. Jugaba cuando tenía ganas de jugar, comía cuando tenía ganas de comer y hacía todo lo que quería. Dormía sobre la almohada de su dueña con la cabeza metida entre su pelo.

Capítulo Segundo Las proezas de Murr

Murr no se preocupaba solo de sí mismo, ni mucho menos. Al revés, nunca abandonaba a su dueña y por ella hacía muchas cosas.

Por ejemplo, cuando su dueña estaba triste Murr le saltaba sobre el regazo y, escondiendo las uñas con cuidado, de pie sobre las patas traseras, le secaba las lágrimas con la patita anterior izquierda, mientras que con la derecha se le apoyaba en el hombro. Todo esto lo hacía con tanta delicadeza que nunca le había hecho ni un arañazo en la mejilla.

Murr estaba también dotado de una habilidad única en el mundo: era capaz de saber la hora. Nadie logró explicarse cómo podía saber qué hora era, pero la verdad es que no se equivocaba nunca. Por la noche, al irse a la cama, su dueña le pedía que la despertase cada día a una hora distinta: unas veces a las 7, otras a las 8, o bien a las 9. Y siempre, 15 minutos antes de la hora fijada, él la despertaba. Olga aún medio dormida lo apartaba de un manotazo y Murr se la miraba sorprendido, casi como si le quisiese decir: "¡pero si fuiste tú quien me lo pidiú!"

Pero la hazaña heroica más importante de Murr fue la conquista del arenque que había en el balcón del vecino. Las cosas sucedieron de la manera siguiente. Una noche, Olga le dijo a Murr que en casa no había nada de comida. "Lo siento", le dijo su dueña, "mañana iré a la tienda y compraré algo". Murr la escuchó atentamente y, luego, le guiñó un ojo, como si hubiera entendido y quisiera prometerle algo: como, por ejemplo, "No te preocupes, ¡no nos vamos a morir de hambre!" A la mañana siguiente cuando Olga se despertó vio sobre la almohada un enorme y hermoso arenque, y a Murr radiante. Como si le quisiera decir: "¡cómetelo y que te aproveche!" ¿De dónde salía aquel arenque? La dueña lo comprendió enseguida. Murr se había encaramado a la terraza de los vecinos y lo había robado. Así es que Olga quiso devolvérselo, pero los vecinos le dijeron: "¡Puede quedárselo el arenque! Nosotros nos divertimos muchísimo viendo cómo su gato lo cogía". Resultó que Murr había levantado la tapadera de la cacerola, luego había soltado la goma del paquete envuelto en celofán donde había tres arenques y, después de haber escogido con toda tranquilidad el más hermoso, se lo había llevado a su dueña. ¡Y él, ni siquiera había probado un trocito!

Otra vez, estando en el campo, Murr entró en casa con tres gatitos y los acompañó hasta su escudilla. Su dueña quiso echarlos para que Murr pudiese comer tranquilo, pero él se sentó y empezó a maullar: ¡deje, por favor, que los gatitos coman antes que yo!

Lo más increíble es que, a pesar de su inteligencia, Murr no aprendiese nunca a hablar. Solo una vez su dueña lo vio, en sueños, que hablaba. Murr muy pensativo estaba sentado frente a la ventana helada: levantaba la patita, la apoyaba sobre el cristal y con calma, muy claro y sin expresión, decía: "¡qué bordados…! ¡qué bordados…! ¡qué bordados…!"

Capítulo Tercero La caída

Lo que más le gustaba a Murr era observar lo que sucedía en la calle, sentado sobre el alféizar de la ventana. Lo que no sería nada raro, si no fuera porque justo en ello estaba el peligro. Su dueña vivía en un sexto piso.Su dueña una tarde en que estaba enfrascada en una larga conversación telefónica, Murr se sentó como siempre en el alféizar de la ventana y se puso a mirar con mucho interés tanto a los peatones como a los pajaritos. Y mientras tanto píaba como un esputnik. De improviso el pío pío se transformó en un alarido y, ante los ojos aterrados de su dueña, Murr cayó ventana abajo.Por suerte aterrizó sobre la marquesina que había encima de la puerta de entrada. Y allí se lo encontraron maullando y temblando. El problema era entonces cómo sacarlo de encima de la marquesina. Había solo dos posibilidades: con una escalera, o bien a través de la ventana del primer piso. En el primer piso vivía una viejecita cascarrabias a quien no le parecía nada bien la idea de que Olga pasara a través de su ventana para rescatar al gato. Intervino entonces un muchacho para defenderla, el cual dirigiéndose a la anciana observó: "¡Si no hubiera gatos, los ratones la devorarían! La viejecita se imaginó la situación y pensándoselo bien se avergonzó un poco de sí misma. Y así dio su permiso para que el muchacho pudiese salvar al gato. Murr volvió a casa y nunca más se cayó de la ventana.

Capítulo Cuarto La desaparición

Murr desapareció sin dejar ni rastro.Las cosas sucedieron de la manera siguiente. Su dueña se había marchado de viaje una semana y les había pedido a unos amigos que fueran a ver a Murr cada día y le dieran de comer. Los vecinos dijeron luego que habían oído los maullidos del gato muy a menudo,a pesar de que comía hasta hartarse. Murr lloraba y llamaba a su dueña. En aquellos momentos su dueña estaba en Crimea y no sabía lo triste que estaba Murr. Pero una noche soñó con él, parecía como si en el sueño Murr abrazara con las cuatro patas un cuadro y volara con él al cielo. Al despertarse llamó a Moscú y preguntó si le había pasado algo a Murr. Le dijeron que no, que todo iba bien. Sin embargo Olga, su dueña, no se creyó lo que le decían, pues tenía el presentimiento de que algo malo le había sucedido al gato. Insistió en que le dijeran la verdad. Sus amigos no tuvieron más remedio que confesar que Murr había desaparecido. Parece ser que la persona encargada de darle de comer, se dejó abierta, sin querer, la puerta que daba a la terraza. No cabía duda de que Murr se había escapado, saltando por allí, para ir en busca de su dueña. Nunca más lo vieron.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, a menos que, por casualidad, alguien no lo haya recogido y Murr haya vivido hasta hoy, quizás en otra casa.

La verdadera historia de Murr ha sido redactada por Katjia Rudeneva y Olja Sedakova. [Traducción de Marina Romero]

Fin